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Sucesión, carisma y realidad
17.04.2007 21:20



Sucesión, carisma y realidad
Tras el nefasto gobierno de Fidel Castro, ¿sería una opción menos desastrosa la de alguien como su hermano Raúl?

Arnaldo Yero, Miami

viernes 30 de marzo de 2007 6:00:00


Dos elementos utilizados para pronosticar el fracaso de la sucesión de Fidel Castro por su hermano Raúl han sido la excepcionalidad del liderazgo del primero y la falta de carisma del segundo.

Las distintas variantes del argumento concluyen, en esencia, que la genialidad política de Fidel ha sido el factor clave para la supervivencia de la revolución y que Raúl, un hombre gris que ha vivido siempre a la sombra de su hermano, no tiene la capacidad ni el magnetismo de éste para conducir el país.

El razonamiento es cuestionable porque sugiere, primero, que Fidel Castro ha conducido exitosamente su régimen durante todos estos años. Segundo, porque implica que la sucesión equivale al mantenimiento del statu quo por parte de los sucesores —razón por la que sería necesaria una personalidad como la del comandante para llevarla a cabo.

Tercero, porque utiliza elementos tangenciales, como el carisma o la falta de éste, para pronosticar el resultado de un proceso, hasta el momento temporal, cuyo obstáculo principal es precisamente la supervivencia misma del dictador, que impide a los sucesores cualquier iniciativa política de envergadura. Cuarto, y tal vez lo más importante, porque confunde las características peculiares del sujeto con su capacidad real para conducir la nación.

Más esclarecedor sería, para constatar sus efectos en la cosa pública y contrastarlo después con las alternativas a mano, analizar no si el estilo de gobierno de Fidel es excepcional, sino cuáles han sido los resultados concretos de su liderazgo carismático; porque la cuestión no es dilucidar si Castro ha sido un político con un instinto prodigioso para mantenerse en el poder, o si ha sido capaz de derrotar a la mayoría de sus adversarios, sino hacia dónde ha llevado al país durante su mandato, y cuál es el costo de oportunidad que ha tenido y tiene que pagar Cuba, incluida buena parte de la clase dirigente actual, por el inmovilismo en que mantiene sumido a la nación.

¿Líder visionario o Robespierre sempiterno?

En una carta desde presidio, fechada el 23 de marzo de 1954, Castro escribió: "Robespierre fue idealista y honrado hasta su muerte. La revolución en peligro, las fronteras rodeadas de enemigos por todas partes, los traidores con el puñal levantado a la espalda, los vacilantes obstruyendo la marcha; era necesario ser duro, inflexible, severo; pecar por exceso, jamás por defecto cuando en él pueda estar la perdición. Eran necesarios unos meses de terror para acabar con un terror que había durado siglos. En Cuba hacen falta muchos Robespierres".

Esa terrible visión personal de Castro, concebida mucho antes de llegar al poder y de su confrontación con Estados Unidos, ha sido la pesadilla que les ha impuesto a los cubanos no por unos meses, sino por más de 48 años.

En otra carta, fechada el 15 de abril del mismo año, exclamaba: "¡Con cuanto gusto revolucionaría este país de punta a cabo! Estoy seguro que pudiera hacerse la felicidad de todos sus habitantes. Estaría dispuesto a ganarme el odio y la mala voluntad de unos cuantos miles, entre ellos algunos parientes, la mitad de mis conocidos, las dos terceras partes de mis compañeros de profesión y las cuatro quintas partes de mis ex compañeros de colegio. ¿Has visto cuántos lazos invisibles debe romper el hombre que se proponga cumplir cabalmente con sus ideas?".

Ese es el hombre que ha gobernado a Cuba a su capricho desde 1959, con una voluntad obsesiva de hacer cumplir sus ideas y un desprecio total por aquellos que no las comparten, que no son unos cuantos miles, sino millones de personas.

Es cierto que Fidel Castro ha sido el factor aglutinante de la revolución cubana, pero también ha sido al mismo tiempo el principal elemento desestabilizador del país, porque al tratar de prolongar indefinidamente ese momento revolucionario para satisfacer sus ambiciones personales, ha mantenido artificialmente a la sociedad en un estado de crisis permanente durante décadas y ha sometido a Cuba, con la dedicación de un Robespierre sempiterno, a una serie interminable de peripecias políticas y económicas que nada tienen que ver con el interés nacional ni con las necesidades y aspiraciones de los cubanos.

¿Revolucionario infalible o ladrón de oportunidades?

Desde 1922, Ludwig Von Mises expuso las fallas del sistema de economía centralizada que llevaban adelante los comunistas rusos. Otros economistas de prestigio, como Friedrich A. Hayek y Joseph A. Schumpeter, ampliaron esa crítica profunda del socialismo y del colectivismo, que, junto a los pobres resultados del socialismo real, atestiguaban claramente la ineficacia del sistema.

En febrero de 1956, tras las denuncias de Nikita Jruschov en su famoso discurso secreto ante el XX Congreso del PCUS, y después de la invasión a Hungría en noviembre del mismo año, no quedaban dudas tampoco sobre los horrores del totalitarismo soviético. Sin embargo, a pesar de toda la evidencia empírica y las refutaciones teóricas, Fidel Castro escogió para Cuba, sin consultar a los cubanos, la vía del socialismo e implantó un régimen dictatorial de corte estalinista.

La expresión "costo de oportunidad" se utiliza en economía para designar el costo de algo en términos de una oportunidad perdida y de los beneficios que pudieran haberse recibido de dicha oportunidad, o de la alternativa más valiosa que se perdió. Cabe entonces preguntarse: ¿Cuál ha sido el costo de oportunidad que ha tenido que pagar el país por las decisiones de Castro como líder?

En una carta enviada a Celia Sánchez, fechada el 5 de junio de 1958 en la Sierra Maestra, Fidel escribió: "Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero".

El problema fue que al emprender su guerra personal contra Estados Unidos tras tomar el poder, involucró al resto del país en dicho conflicto y lo ató de pies y manos a su destino personal. ¿Cuál ha sido el costo de oportunidad que hemos tenido que pagar todos los cubanos por esa decisión arbitraria?


¿Cuál sería el desarrollo alcanzado por Cuba y cuál el bienestar de sus ciudadanos, si en vez de implantar un sistema socialista de corte soviético, Castro, apoyado por todas las clases sociales del país, después de ganar unas elecciones libres y limpias en 1960, hubiera emprendido un programa de desarrollo basado en la economía de mercado, como hicieron por la misma época los llamados "pequeños dragones" asiáticos: Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán, con la ventaja de estar a solamente 90 millas del socio comercial más próspero del mundo?

¿Cuánto dolor y sufrimiento inútil le habría ahorrado a la familia cubana, si en vez de empeñarse en liderar una revolución mundial contra Estados Unidos para realizar su recién descubierto destino mesiánico, se hubiera dedicado a llevar a cabo un gobierno de unidad y reconciliación nacional, para restañar las heridas de la guerra civil y perfeccionar las instituciones democráticas?

Las fallas de la democracia representativa y el constitucionalismo liberal en Cuba no se debían a la inviabilidad intrínseca de dichos mecanismos de gobierno, sino a que el país, en apenas 57 años de República independiente, no había tenido tiempo de desarrollar una cultura cívica de masas lo suficientemente sólida para contrarrestar el ethos revolucionario imperante y otros lastres heredados de la colonia.

Cuba, en 1959, no necesitaba una revolución socialista que al final no pudo resolver problemas fundamentales como el subdesarrollo, la dependencia económica, la corrupción administrativa, la prostitución, la desigualdad social, la falta de garantía para las libertades individuales, el irrespeto a las leyes y las instituciones, y el mantenimiento de la alternancia en el poder; sino perfeccionar la democracia representativa, sanear las instituciones políticas de funcionarios venales y continuar fomentando el despegue económico que se venía gestando en la década de los años cincuenta, con una mayor dosis de justicia social —ideales por los que lucharon la mayoría de los que combatieron a Batista.

¿A quién se le podía ocurrir entonces que el camino idóneo para la realización de dichos ideales de desarrollo, justicia social, paz y prosperidad, eran un sistema económico fracasado y una dictadura totalitaria marxista leninista, como no fuera a un ignorante político, a un aspirante a dictador vitalicio, o a un narcisista indiferente al destino de sus semejantes?

La patria como pedestal

¿De qué vale a los cubanos, por ejemplo, que Fidel haya sobrevivido a los planes de atentados de la CIA, si ellos, para sobrevivir, tienen que colocarse al margen de las leyes draconianas del país y muchos terminan sus vidas ahogados en el Estrecho de la Florida buscando un futuro mejor?

¿Qué importa que haya derrocado a la dictadura autoritaria de Fulgencio Batista el 31 de diciembre de 1958, si el 1 de enero de 1959 comenzó a imponer su propia tiranía totalitaria?

¿Qué relevancia tiene que tenga una memoria fotográfica perfecta, o que sea "incapaz de concebir una idea que no sea descomunal", cuando la sociedad tiene que pagar a diario el precio de sus desatinos y vivir de acuerdo a su concepción particular del mundo, porque él es el único que puede pensar y actuar libremente bajo su régimen?

¿Para qué sirve la llamada educación "gratuita" que ofrece la revolución, si después de graduarse, tras haber trabajado desde niño en el campo, el cubano de hoy no tiene derecho a establecer un negocio, o a comprarse una casa, o un automóvil, u hospedarse en un hotel de lujo, o siquiera comer en un restaurante de primera, porque son "privilegios" reservados para los extranjeros y para los miembros de la nomenclatura?

Líderes carismáticos o con arraigo popular ha habido muchos que llevaron a sus pueblos al desastre, como Lenin, Mussolini, Hitler, Stalin, cuyos "éxitos" pueden contarse en millones de víctimas.

Si Castro no los superó a todos al llevar al mundo a un holocausto atómico, es porque Jrushov optó por continuar negociando con John F. Kennedy en los momentos más difíciles de la Crisis de los Misiles de 1962, en vez de mantenerse inflexible y lanzar un ataque nuclear contra Estados Unidos en caso de una invasión a Cuba, como le había sugerido Fidel en una misiva el 25 de octubre de ese año.

Del mito al hecho…

El análisis de su trayectoria indica que Fidel maximizó siempre dos variables, primero la de llegar al poder y después la de mantener el poder a toda costa, aunque para ello tuviera que engañar a la opinión pública, traicionar la causa democrática por la que dijo luchar, sacrificar al pueblo cubano en aras de su agenda política personal y llevar a la muerte hasta a sus propios compañeros de lucha. ¿Cómo conciliar entonces su mito de líder extraordinaire con la realidad?

En su alegato La historia me absolverá, Castro dijo luchar para restablecer la Constitución de 1940 y basó su derecho a rebelarse en las libertades garantizadas por el constitucionalismo liberal que decía defender, mientras que en sus cartas de presidio recomendaba a sus seguidores: "Mucha mano izquierda y sonrisa con todo el mundo. Seguir la misma táctica que se siguió en el juicio: defender nuestros puntos de vista sin levantar roncha. Habrá después tiempo de sobra para aplastar a todas las cucarachas juntas".

En la Sierra Maestra, y después del triunfo contra Batista, repitió una y otra vez que no era comunista, para declarar más tarde el "carácter socialista" de la revolución, el 16 de abril de 1961, y decir en diciembre de ese año que siempre había sido marxista leninista y que lo seguiría siendo hasta el último día de su vida.

Como resultado de ese patrón de actuación, cientos de miembros del 26 de julio y del Ejército Rebelde, como el recién fallecido Mario Chanes de Armas, asaltante del Moncada y veterano del Granma que cumplió treinta años de prisión por oponerse al giro totalitario que tomaba la revolución, y muchos otros que habían luchado contra Batista para restablecer el ritmo constitucional de la República, se vieron traicionados por Castro y comenzaron a combatirlo.

Mientras, los cuadros del viejo Partido Socialista Popular —que denunció el asalto al Moncada en julio de 1953 y sobre el que pesa la duda sobre la responsabilidad histórica por el asesinato de los asaltantes a Palacio ultimados en Humboldt 7— ocupaban los mandos militares y se infiltraban en el poder.


Vistos los hechos desde esta perspectiva, Castro se revela entonces como la antítesis de lo que dice ser, porque después de liberar a la nación de una dictadura autoritaria, la encadenó a una tiranía totalitaria; en vez de impulsar el progreso y el desarrollo del país, lo condenó al fracaso económico, la escasez y el empobrecimiento, al implantar la economía centralizada y coartar la libertad de empresa; lejos de salvaguardar la soberanía nacional, se apropió de ella y convirtió a Cuba en su coto privado, en una punta de lanza soviética, y ahora en una dependencia económica de Venezuela; en vez de proteger la seguridad y la integridad territorial del país, lo mantiene siempre en pie de guerra para una virtual confrontación con Estados Unidos; lejos de garantizar la paz ciudadana y el orden social, moviliza a la población constantemente para avivar "el fervor revolucionario de las masas"; y es el principal instigador de la discordia civil al crear todo un mecanismo represivo callejero, que va desde las Brigadas de Respuesta Rápida hasta los mítines de repudio, para hostigar a los opositores pacíficos y mantener el terror psicológico sobre la población.

Pero si todo lo anterior no fuera suficiente para descalificarlo como gobernante, Fidel Castro es, además, el principal enemigo de su propio régimen, porque impide que evolucione de manera racional y civilizada hacia formas más eficientes de manejar la cosa pública, fomentar el progreso y conducir la sociedad. Pero como dice el proverbio indio: "Tanto va el tigre a comerse las ofrendas en el altar, hasta que se convierte en parte de la ceremonia".

Tanto ha repetido la propaganda castrista las virtudes del presidente y fundador de la patria socialista, que muchos llegan a creerse que estamos hablando de un presidente, y no de un déspota ilustrado.

Tanto han elogiado la "oratoria extraordinaria" de Fidel sus apologistas, que pasamos por alto sus interminables monólogos ante la televisión nacional sobre las virtudes de las "ollas arroceras" y otras sandeces, y olvidamos que el discurso de Abraham Lincoln en la Dedicación del Cementerio Nacional de Gettysburg, el 19 de noviembre de 1863, en el que definió magistralmente las razones por las que luchaba la Unión, contenía menos de 300 palabras agrupadas en diez oraciones, y duró poco más de dos minutos.

Tanto nos han hablado de la revolución, en fin, que perdemos de vista que las revoluciones constituyen un momento de cambio drástico en las estructuras de la sociedad, y que después se convierten en el nuevo statu quo, como la cubana, que desde hace décadas no es otra cosa que un eufemismo para designar el ancien régime castrista, con su "monarca", "estamentos" y "siervos" incluidos.

La realidad con nombre y apellido

Si después de 48 años, en Cuba no hay suficientes alimentos, transporte, medicinas, electricidad, agua corriente, o papel sanitario, la culpa no la tiene el embargo comercial de Estados Unidos, sino el bloqueo de las libertades individuales implantado por Fidel Castro a partir de 1959 y la economía centralizada, que fracasó no solamente en la Isla, sino en la antigua URSS y en todo el bloque socialista.

Si después de casi cinco décadas de adoctrinamiento político, al hombre nuevo no le queda otro remedio que escapar del paraíso socialista porque en su país no existen perspectivas de progreso para él y su familia, la culpa no es del imperialismo yanqui que obstaculiza la obra de la revolución, sino de Fidel Castro, que obstaculiza la vida de todos los cubanos al imponerles una visión equivocada del mundo, disfrazada ahora de socialismo del siglo XXI.

Si después de décadas de paz, en las que la oposición le ha propuesto al gobierno una y otra vez establecer un diálogo nacional para resolver entre cubanos los problemas del país, en Cuba se condena a opositores pacíficos a largas sentencias de prisión en medio de un clima de histeria política propio de la Guerra Fría, no es porque los opositores estén conspirando para atacar cuarteles o poner bombas en los cines y en la vía pública, sino porque Fidel Castro necesita mantener un clima de crisis permanente para poder gobernar de manera arbitraria.

Si los reformistas dentro del gobierno no pueden hacer cambios para mejorar las condiciones de vida de la población, no es porque la "hostilidad" de Estados Unidos (que le vende millones de dólares en alimentos a Cuba todos los años) les impida hacer reformas, sino porque Fidel Castro, mientras esté en posesión de sus facultades, no permitirá que en el país se hagan dichos cambios, aunque para ello tenga que fusilar a sus mejores generales, o defenestrar a todos sus ministros.

Más allá de la propaganda, el mito o el carisma, Fidel Castro ha sido tan nefasto para los cubanos como gobernante, que incluso un personaje tan gris y tristemente célebre como su hermano Raúl, si emprende los cambios que necesita el país, sería una opción menos desastrosa que el retorno del comandante.

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